miércoles, 16 de marzo de 2011

Gracias, Renfe

Se acabaron las vacaciones... llegó la depresión post-vacacional, el madrugar para volver a ir al cole (hecho que, de manera autónoma, interrumpo durante mis vacaciones laborales), el aclimatamiento del cuerpo a estar 8 horas de pie mientras los focos come-color me van quitando el moreno (al parecer he venido morena... de Plasencia y Amsterdam... si me llego a ir al Caribe no sé qué habría sido de mi piel),... en fin, la vuelta a la cruda realidad.
Todo lo bueno se acaba, pero siempre quedarála experiencia, las fotos, el recuerdo... y las anécdotas.
Hoy voy a narrar mi escala Plasencia-Madrid el día anterior a irme a la tierra de los tulipanes, las bicis, las cosas claras, y el chocolate fumado.

Miércoles 9, siete años haciendo el recorrido Plasencia-Madrid, y viceversa, con Renfe; siete años montando pollos, siete años de retrasos, calefacciones estropeadas, fechas clave luchando por coger sitio, proyectos de militares subiendo al parar el Torrijos,y un largo etcétera. Como decía, siete años cogiendo este tren (en principio era un regional, luego pasó a ser Talgo, luego lo convirtieron en TRD,... pero todos con la misma dinámica) y todavía se me ponen los pelos como escarpias la mañana del día que me tengo que montar en ese trasto. Nunca sabes qué va a pasar.

Me subo al tren (por lo menos esta vez subí, no como en Navidad que, con el tren delante de nuestras narices, nos dicen que no funciona, tal cual, ni retraso ni nada, que no funciona!), comienza la función.

El tren ha arrancado, parece que empieza bien la cosa, pero aún no estás a salvo. Es muy frecuente encontrarte a gente conocida en la estación, gente a la que conoces de hola y adiós, gente con la que no tienes tema de conversación para 2 horas y media de trayecto (supuestamente ese es el tiempo que dura el viaje), gente con la que no tienes ni puta gana de sentarte (ni ellos contigo) y gente con la que te acabas sentando (por aquello de los contratos sociales).

Primera parada: Monfragüe. Denominado por los lugareños como "empalme", debido a que la estación se bifurca, un lado para los que van a Plasencia, y otro para los que siguen hacia Cáceres o Badajoz. Si vas en un tren que va o viene de Badajoz... primera cagada y posible primer punto conflictivo. Tendrás que esperar a que una parte del tren aparezca por la otra vía y empalme con la parte en la que tú vas. Este proceso puede tardar varios minutos, incluso horas. Si vienes de Madrid, la cosa se complica, ya que el revisor te puede anunciar que vas montado en la parte que tira hacia Cáceres, por lo que en Monfragüe tendrás que bajarte haciendo malabares con la maleta para, en 2 minutos, cambiarte de vagón si no quieres aparecer en destino desconocido. Si superas el primer nivel, puedes seguir tirando.

Segunda parada: Casatejada. Aunque el tren ha logrado salir de la estación, no cantar victoria, en Casatejada pueden decirte que ha petado el tren y que te bajes, que te van a poner unos autobuses, que ya están viniendo (viniendo de Barcelona deducimos, por lo que tardan...).

Tercera parada: Navalmoral de la Mata. Has superado dos niveles, ahora viene una prueba psicológica, aguantar a las pseudopijas que se suben en Navalmoral, que montan el número mientras lo hacen y, cuando crees que las tienes acomodadas y tranquilitas, descubres que te van a dar el viaje contando sus historias varias.

Cuarta parada: Oropesa de Toledo. Ya hemos salido de la comunidad, pero no hemos abandonado el riesgo. Otro punto caliente para posibles desalojos del tren o esperas absurdas (como la del empalme de los dos trozos de tren). Estas esperas consisten en que el tren se para durante media hora y que, de repente, pasa un tren dos vías más allá de la tuya y arranca.

Quinta parada: Talavera de la Reina. Núcleo de población elevada, haciendo la comparativa con las demás estaciones por las que pasamos. Aquí corres el riesgo de recoger a más cotorras que te den el viaje. Aunque, probablemente, tu conocido de Plasencia ya te lo lleve dando durante hora y pico.

Pasamos Talavera y te entra el hambre (hecho consecuente de todo viaje, aunque dure dos horas y sea durante una franja horaria en la que normalmente no comes, pero la cuestión es que viajar da hambre). Si has encontrado al conocido de Plasencia, olvídate de merendar (otro aspecto del contrato social). Si vas sólo, te comes el sandwich que la madre te ha preparado, las galletas, y a intentar coger la postura para echar una cabezadita (otro hecho insólito de los viajes, dan sueño, repito, sea la hora que sea).

Sexta parada: Montearagón. Ostia... mal vamos. En qué lugar del mapa se ubica este lugar?? Qué tipo de desviación ha sufrido el tren?? Sean cuales sean las respuestas, el caso es que pasas por una estación de los PinYpon, con su correspondiente señor de la varita roja que te da paso, y donde nunca se sube ni baja nadie...

Séptima parada: Calera y Chozas. Estación aparentemente fantasma, donde vive un señor "trenecista" que mueve la varita roja, no sé si para que pasemos o para que paremos a ayudarle, porque debe llevar años ahí abandonado.

Octava parada: Erustes. Bfff... confirmado, me he equivocado de tren... 3 estaciones seguidas que no sé señalar en el mapa, esto no puedo acabar en Madrid. He viajado en el tiempo y me he metido en el OrientExpress...

Novena parada: Torrijos. Falsa alarma, efectivamente, estamos en España... si haces el recorrido dirección Plasencia un viernes, compruebas esto al ver cómo una decena de niñatos con los petates color camuflaje se suben al tren fardando de cosas como: "ahora dejamos de pegar tiros pa´metérnoslos, jaajaa". Qué especie tan peculiar... Si haces el recorrido dirección Madrid un domingo por la mañana, compruebas que vas a Madrid cuando se sube otra decena de suh´primiselos procedentes del "Radi".

Décima parada: Illescas. Ahí tenemos familia... asique no diré nada al respecto. Sólo que, si has llegado hasta ahí, aún peligras. Todo apunta a que el tren va a llegar a su hora pero, de repente, se para en medio de la nada durante media hora.

Parada once (onceava queda muy feo escrito): Humanes. Ya estamos en los extrarradios de la capital. Empieza a subir y bajar gente que dice: "ejjjqueee...".

Parada doce: "Fuenla". Cuna de los suh´primicos que vienen del "Radi", y, por sorpresa para nosotros, de las pseudopijas que se montaron en Navalmoral.

Penúltima parada: Leganés. El destino está cerca. La gente se empieza a poner de pie, aunque falten 20 minutos para llegar. Tú empiezas a vislumbrar el fin de la pesadilla en la que te has visto inmerso. Tu conocido de Plasencia debe pensar lo mismo que tú: "qué ganas de llegar y quitarme al sadope este de encima".

Final de trayecto: Madrid-Atocha. Pasas por MercaMadrid, El Corte Inglés de San José de Valderas, Cine Cité, a lo lejos ves Atocha, y, cuando parece que todo ha terminado... el tren se para. El rubiales dice que esperan a que les den vía, yo digo que es por tradición, para llegar tarde, pero con el suficiente margen como para no poder ponerles una reclamación.

Finalmente, pisas tierra firme, con la sorpresa de que el tren ya no llega donde siempre, sino que te sueltan en medio de todo el gentío que espera el Cercanías (que digo yo que hagan un andén para el "lejanías" del que yo vengo), y que no sabes salir a la superficie.

Cuando finalmente encuentras la superficie tienes tres opciones: a) si el trayecto ha sido interrumpido en alguno de los niveles, te diriges a poner una reclamación (unas cuantas de esas tienen que tener mias), por la cual no te harán ni caso.
b) si el trayecto, milagrosamente, sólo ha durado 40 minutos más de lo previsto, te vas indignado a casa, con el único consuelo de que el rubiales ha ido a buscarte.
c) no va nadie a buscarte, llegas indignado, y encima tu conocido de Plasencia va en la misma dirección de metro que tú.

Sin más, agradecer a Renfe los momentos que han pasado a mi lado como mi cumpleaños del 2008, cuando me pasé 5 horas metida en el tren, terminando en un autobús que me soltó en Madrid a las 2 de la mañana; mi inicio de vacaciones de verano 2009, cuando en pleno agosto, a las 4 de la tarde, nos soltaban a esperar unos autobuses que tardarían hora y media en Talavera de la Reina; o aquel fin de semana con mi tía, cuando cambiaban la vía sin avisar y nos montábamos en un tren vacío viendo cómo se iba el de al lado, que era el nuestro.

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